No necesito tu lástima ni tu admiración

21 / 6 / 2016 |

Hoy vengo a hablar de mi libro o, más bien del de otro. Hoy vengo a hablar de vidas llenas de luz y a hablar de inclusión. De familias que no necesitan lástima ni admiración, tan sólo justicia social y un poco de igualdad. Es nuestra responsabilidad transmitir estos valores a nuestros hijos porque sin ellos de nada les servirá saberlo todo sobre los números cuánticos.

Familias

Perdona por la sinceridad, así a bocajarro te lo digo porque es como lo siento. No necesito ni tu lástima ni tu admiración, ni la tuya ni la de nadie, ni tan siquiera tu solidaridad y muchísimo menos necesito lo que la gente llama «pequeños gestos», esas limosnas que permiten a los políticos salir en los medios de comunicación y hacerse una foto bonita o limpiar conciencias de miles y miles de personas dándole a un «megusta» o compartiendo en redes sociales. No digo que no sirva para nada, pero, al final, a la hora de hacer balance, en la mayor parte de casos lo único que se consigue es que un grupo de personas se vaya a cama más contentas esa noche pensando que han hecho algo a favor de la inclusión y que al día siguiente miles de personas se vuelvan a dar de bruces con la misma piedra.

Que a qué viene todo esto, te estarás preguntando con razón. Viene a un artículo que leí la semana pasada y que ha circulado por redes sociales siendo compartido y/o comentado de alguna manera por usuarios/as y páginas de toda España. Seguro que has visto algo, el periodista Andrés Aberasturi tiene un hijo con diversidad funcional, Cris, y sobre él, sobre su historia y su familia ha escrito un libro que acaba de ver la luz. No vengo aquí a hablar de su libro, no puedo hacerlo porque no lo he leído, así que no voy a opinar sobre él. Vengo aquí un poco cabreada y hastiada por el artículo publicado en el diario El Mundo y la mirada que lanza sobre el mundo de la diversidad funcional.

Pena, lástima, lágrimas, dolor sobre dolor, oscuridad, vidas fallidas… Si trasladamos esa imagen sobre lo que sucede día a día en miles y miles de familias en todo el mundo estamos haciendo un flaquísimo favor a la inclusión. Yo no digo que en mi casa o en las de tantas otras familias cada minuto sea una fiesta (en qué casa lo es), no pretendo convencerte de eso pero, desde luego, puedo asegurarte que no vivimos en un perpetuo funeral. Yo no pretendo minimizar el dolor de nadie ni afirmar que tengamos una vida fácil (ahora mismo seguramente se cuenten con los dedos de las manos las familias que la tengan de verdad), pero, desde luego, esa no es ni mucho menos mi percepción ni la de tantísimas otras familias.

En el mundo de la diversidad existen tantas formas de afrontarse a esa situación, de vivirla, de aceptarla e incluso de aprovecharla como personas porque todos sentimos, percibimos, aceptamos, integramos de manera distinta. En el mundo de la diversidad existen muchas, muchísimas dificultades, obstáculos, lágrimas y oscuridad, pero esa no es mi percepción general de mi vida ni de la de muchas de las familias que conozco. Yo no vivo entre tinieblas y dolor ni creo que sea necesario escribir un relato apocalíptico para acercarse a nuestra realidad.

No quito ni pongo una coma o una tilde al dolor o a la alegría de una familia, nunca se me ocurriría hacer tal cosa, antes me muerdo la lengua y me la trago pero, desde luego, me niego rotundamente a perpetuar una imagen de tristeza, dolor, inutilidad y fallo. La vida de mi hija no es una vida fallida ni menos válida que la de tantos otros niños y niñas. Sus capacidades son diferentes, eso no lo niego, pero eso no le da derecho a nadie a minusvalorarla o a sentir lástima por ella.

Ahora será cuando muchos de vosotras/os estaréis pensando algo del estilo de: «sí, ya, pero tu hija puede andar, saltar, correr y hacer muchas cosas, hay grados y grados de diversidad funcional. Hay personas que están confinadas a una silla de ruedas toda su vida y que no tienen ningún tipo de autonomía». Es cierto, hay tantos tipos de diversidad funcional como personas, pero ese es parte del reto que tiene por delante el ser humano, en mi opinión, uno de los más importantes a los que nos enfrentamos a diario y que, por desgracia, pasamos por alto demasiado a menudo. Tenemos que ser capaces de encontrar la forma de poner en valor las capacidades de las personas, no sus discapacidades, porque esas ya son evidentes. Necesitamos construír una sociedad en la que no nos despreciemos con un simple vistazo: eres negro, ciego, portorriqueño o bajo… No me sirves; eres blanco, vidente, francés y de estatura media… Sí me sirves. ¿Por qué?

Mi vida y la de tantas otras familias en las que la diversidad funcional es parte de la rutina no es mejor ni peor que la tuya, no tiene más o menos luz, te lo aseguro. Es cierto que nos podemos llegar a encontrar con más obstáculos, como también es cierto que apreciamos más los pequeños placeres de la vida, pero eso no nos hace mejores ni peores. No necesitamos tu lástima ni tu admiración porque no somos seres oscuros y desgraciados ni superhéroes. Necesitamos justicia social e inclusión, ni más ni menos. Y si no somos capaces entre todas/os de ser conscientes de ello y trasladar este mensaje a las futuras generaciones habremos perdido la guerra. Yo me niego a tirar las armas.

Así que. por favor, dejad los pequeños gestos, los «megusta» en facebook, dejad de publicar en vuestros muros todos esos mensajes lacrimógenos sobre niños que necesitan apoyo. O no lo hagáis, pero al menos invertid una parte de vuestro tiempo en EL MUNDO REAL para concienciar a nuestros hijos de que todos vivimos en el mismo mundo, con la misma luz, exactamente la misma, aunque con diferentes oportunidades, se trata de igualarlas un poco. Ahora que termina el curso y hacemos balance de las notas, de lo aprendido por nuestros hijos en estos últimos meses… Pensadlo, ¿qué queréis? ¿que sean abogados, arquitectos, astronautas? O que sean personas?

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