Historia de una sonrisa

20 / 2 / 2019 |

Ahora que sé lo que sucede cuando no está esa sonrisa, trato de disfrutarla todos los días, Por eso, cuando tu hermano me pregunta si puedo jugar y no tengo tiempo ahogada de trabajo arranco 5 minutos de ese fondo a tiempo perdido que nunca me regalaron los Reyes Magos. Porque sé que dentro de 10 años esa pregunta desaparecerá, como lo hizo tu sonrisa, pero esta vez temo que se vaya al País de NuncaJamás.

Historia de su sonrisa

Me despierta por la mañana. Luminosa, gratuita, generosa. Su sonrisa. Su risa. Incluso en los días más grises. Porque S (la peque del revés) no se ríe con la boca, ni siquiera con los ojos. Ella se ríe con la vida, con el alma.

Era un lunes de invierno, poco después de las nueve de la mañana. Recuerdo haber mirado por la ventana en busca de un poco de luz entre las nubes. Difícil encontrarla en medio del manto de lluvia. Recuerdo haber pensado en un día de verano. ¿Sabes ese momento en el que te aterra la oscuridad a través de la ventana y te teletransportas a el mejor de los días de junio? Te doy un ticket para ese viaje.

Habíamos pasado un fin de semana muy duro. La verdad es que los últimos meses lo están siendo. Es duro ver cómo tu hija grita, protesta, se enfada una y otra vez sin saber bien cómo ayudarla. Es duro tener que bajarte de un bus porque tu hija no deja de gritar y no sabes cómo conseguir que se calme. Es duro ser incapaz de gestionar una situación nueva a diario y sentirte totalmente desbordada. Lo es. Sé de lo que hablo.

Ese mismo día, al llegar a casa, entre enfados y ansiedad, ahí estaba su sonrisa.

Historia de su sonrisa

En esos días pienso que me gustarían tantas, tantas cosas. El peque del revés me contó hace apenas unos días algo que me traspasó: “Mami, les pedí a las Reyes que te trajeran una cosa y no te la trajieron”.”Bueno, cariño. No pasa nada. ¿Qué era?”. “Mucho tiempo para viajar todos juntos”… Silencio “Bueno, pero ¿cómo sabes que no me lo han traído? Eso no se puede empaquetar. A lo mejor sí me lo han traído, pero lo vamos disfrutando poco a poco”… “Ya, pero es que tenían que habernos dejado una nota en la que pusiese algo así como ‘Vale por mucho tiempo para viajar con la familia’ y no estaba”… “Claro. No, eso no…¿Qué te parece si intentamos ir reuniendo ese tiempo para que podamos viajar más toooodooos juntos este año?”… “Vale, sí”.

Y ahí estaba su sonrisa para acompañar el cierre de nuestro trato.

Y siguen los días grises y yo sigo añorando los viajes, los días tranquilos, pero cada día, cuando me levanto por la mañana y cada mañana cuando me voy a dormir me repito ritualmente mi mantra. Para una atea como yo, esta es la única fe válida, la única creencia firme: Su sonrisa, su sonrisa, su sonrisa, su sonrisa.

Historia de sus sonrisas

Cuando no sé cómo salir de una situación. Cuando la vida se me hace bola. Cuando intento convencerte de que tienes que hacer lo que yo creo que tienes que hacer porque pienso que es lo mejor aunque a ti te parezca absolutamente innecesario y discutas y debatas conmigo hasta el último aliento, cariño…. Cuando sé que lo he hecho fatal y que he gritado mucho más de lo debido… Llega una luz cegadora que cierra el debate y aplaca la tempestad desde su faro. Su sonrisa.

Su sonrisa

¿Sabes? Hubo un momento en el que S (la peque del revés) no podía sonreír. Cuando la meningoencefalitis hacía de las suyas con su materia gris, cuando jugaba a las cartas con su destino, ella no podía llorar, ni gritar como lo hace ahora atacando nuestros nervios. No podía mamar. No podía tragar. No podía sonreír.

Recuerdo perfectamente, como si fuese ayer, cómo las enfermeras bromeaban contigo en la habitación durante las semanas previas a la etapa más aguda de la enfermedad. Tu risa tintineaba y llenaba la habitación que después se quedó tan oscura y silenciosa. Yo ponía música, muy bajito, con unos altavoces portátiles que se convirtieron en mi pequeño salvavidas. Pop, jazz, folk, rock… ningún estilo musical le llegaba a la suela de los zapatos a los ecos de tu risa. Aunque creo firmemente que si cantas las palabras fue gracias a aquellos altavoces y a nuestras canciones.

Un día una enfermera, la que te hacía más cosquillas y te arrancaba más sonrisas nos dijo tras intentarlo sin éxito una vez más: volverá a reir, ya lo veréis. En aquel momento necesitábamos creerlo. Queríamos saberlo, aún siendo conscientes de que su deseo no se construía sobre ninguna evidencia científica, sino sobre la esperanza y el cariño. Por eso digo, mi niña, que es la única fe que conservo en esta vida. La que me infude vuestro amor, vuestras risas. Porque nunca me falla, más allá de lo inesperado.

Así que sí. Ahora, cuando el día se tuerce (incluso porque ella, sin pretenderlo, lo ha torcido), cuando sueño con paraísos tropicales y playas desiertas, siempre, siempre, siempre veo una luz que los ilumina claramente: su sonrisa, tu sonrisa. Esa que pudo haberse marchado para siempre, pero se hizo paso hasta tu boca y tu alma a las pocas semanas del augurio de aquella enfermera. Me aferro a ella como el salvavidas que en su día fueron aquellos altavoces.

Me subo a ella para contemplar nuestra vida hoy en día y relativizar. Lo hago día y noche.

Porque sí, por supuesto que tienes derecho a enfadarte y desear otra vida cuando tus jefes no te valoran.

Sí. Por supuesto que no “te quejas de vicio” cuando lloras de cansancio en la sexta noche sin dormir.

Claro que es más que humano acordarte de la familia de ese simpático conductor que te ha roto la defensa del coche.

¿Quién ha dicho que el amor te inmunice de todas las mierdas que te cruzas en la vida? Te sirve para verlas de otro modo, para cambiarles el color, como si fuesen de plastilina, para iluminarlas con sonrisas todopoderosas, pero no las anula, queridas y queridos, no nos engañemos.

Historia de su sonrisa

Sonrisa. Historia de su sonrisa

Por eso, ahora que sé lo que sucede cuando no está tu sonrisa, trato de disfrutarla todos los días. Por eso, cuando tu hermano me pregunta si puedo jugar y no tengo tiempo, arranco 5 minutos de ese fondo a tiempo perdido que nunca me regalaron los Reyes Magos. Porque sé que dentro de 9, 10 ó 12 años como mucho esa pregunta desaparecerá, como lo hizo tu sonrisa y temo que esta vez se vaya al País de Nunca Jamás.

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