Regáloche un día de veran

23 / 8 / 2017 |

O mellor dos sabores no padal e na imaxinación, os restos de esa felicidade que non ten porqué rematar en setembr. Hoxe regáloche un día de veran, un pouco de luz embotellada para iluminar as túas mañás de febreiro, as túas tardes de novembro ou calquera de eses días nos que nada parece ter sentido. Tan só, un día de veran.

Correr hasta quedarte sin aliento y ser capaz de recuperarlo en apenas dos segundos con tan sólo respirar la brisa del mar, sentarse a vivir sobremesas eternas que duran lo que tardas en empezar a sudar, esculpirte la piel con arena y salitre, encontrar manchas de helado y sandía en todas las camisetas que eres capaz de encontrar en la maraña que sobresale del armario… A finales de agosto, a todas/os nos resulta familiar cualquiera de estas estampas que nos parecerán lejanas cualquier martes de noviembre. Recuerdos que quieres atesorar en tu memoria, en tus fotos, en tus cuadernos, en tu retina y en tu piel para siempre. Para poder revivirlos cuando la vida se nos hace cuesta arriba, cuando más necesitaríamos sentir la brisa del mar en la cara y escuchar las risas de los niños chapoteando en el agua.

Porque, no nos engañemos, aunque creo que debemos mantener ese objetivo en nuestras vidas, no es fácil conseguir vivir día a día como si fuese de vacaciones. Aunque sigo convencida de que siempre es posible ver el lado positivo de lo que nos encontramos por el camino, ponernos la vida por montera y seguir avanzando contracorriente con una sonrisa en los labios, a veces, unas cuantas veces, necesitamos algunas “vitaminas”, un complemento que nos ayude a recordar lo que realmente importa.

Un día de verano en familia

Un día de verano en familia

De hecho, el verano tampoco es un remedio válido para todos los males. ¡Ya nos gustaría poder cubrirnos de una buena capa de aceite solar, navegar en helados y desembarcar en la primera casa rural que nos encontremos para olvidarnos de las tragedias que nos rodean estos días! ¿Verdad?

Despertarse con la luz del sol empeñada en recordarte que hay un mundo fuera de tu habitación y estirar el tiempo con las pestañas. El sabor del café con el croissant del domingo. Las prisas para preparar las bolsas de la playa mientras los peques te las deshacen buscando su juguete favorito.

Cada kilómetro es un descubrimiento, una nueva aventura. “Mami, ¿hoy estará superman en el puente?”, “¡Mira, un avión!”, “¡Vacas!”, “¡Caballos!”, “¿Que ponía en ese cartel?”Y, por supuesto, el clásico “¿Falta mucho?”.

Un día de verano en familia

Pescando en las charcas

Las ansias de descubrir un sitio nuevo enterradas bajo montañas de crema solar. El gorro que decide irse a conocer mundo en cuanto te despistas, impulsado por el nordés. Esas eternas discusiones a la orilla del mar: “Venga, que está muy buena”, “¡Qué dices, si está congelada!” Y la única forma posible de desmontarlas, con una buena guerra de agua que dejará claro de una vez por todas que sea cual sea la temperatura del mar siempre estará (en Galicia) varios grados por debajo de la que tu cuerpo se esperaba.

El sabor de la tortilla comida en tuppers sobre una manta bajo el pinar. Los restos de helado de tuttifrutti batidos con salitre a golpe de olas. La sonrisa infinita de la peque cada vez que sale del mar y me busca con la mirada para que vuelva a saltar las olas con ella. Esa sonrisa que sale de sus ojos y atraviesa su boca.

Vivir aventuras que llegan al fin del mundo sin salir de un arenal de 800 metros. Escalar el Everest en la orilla del mar mientras tu hermano construye y derriba castillos y fosos llenos de cocodrilos escurridizos. Descubrir los secretos del fondo marino con la única ayuda de unas gafas de buceo que Jacques Cousteau habría considerado de juguete. Y pedir más, y más, y seguir. Y no querer marcharse nunca. Jamás. “¡Nos quedaremos aquí para siempre, mami!”. Ni cuando el sol se pone y la vida parece que se recoge. Esa es la vida de otros, la tuya continúa en busca de aventuras bajo la luz de la luna.

Un día de verano en la playa

Correr hasta que te duela 🙂

Claro que entonces llega la decisión ineludible, las quejas aún camino del coche, mientras apuramos el último helado. El camino de vuelta a casa repasando los mejores momentos del día con la banda sonora de alguno de los hits del verano. Esa que a algún miembro de la familia acaba sirviéndole de nana mientras el otro te pregunta si esa chimenea es una fábrica de nubes.

Te regalo un día de verano, un trozo de felicidad de esa que en vacaciones parece eterna, aunque sepas que podría terminarse el día 29. Si no te gusta, lo mejor que puedes hacer es construir el tuyo propio y llenarlo de imágenes e historias que te ayuden a sobrellevar esas tardes de otoño en las que nada sale bien y acabas empapada bajo la décima borrasca de la temporada. Recuerdos que te acompañen mentalmente de vuelta al camino correcto, que no te permitan despistarte y te recuerden lo que hemos venido a hacer en esta vida.

Apenas retazos de sonrisas y charcos de agua de mar en los que podrás lavarte la cara para seguir adelante cuando piensas que ya no puedes más, que nada parece tener sentido, que tu jefe nunca sabrá valorar tu trabajo, que nada de lo que creías seguro permanece, que se te han congelado los besos o que te has equivocado al tener hijos.

A veces sólo necesitas una tarde de sol, unas horas de luz, de salitre y de paseos por montes llenos de amapolas, aunque sea embotellados en álbumes de fotos, en una libreta de notas o en carpetas de dropbox para recordar que todo tiene sentido. Que el invierno está lleno de abrazos y que el mundo ha sido pensado para llenarse de risas.

The winter is coming, I know, but it could be full of happiness.

Verano en familia

Vacaciones en familia

 

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