Benvida á bendita rutina

10 / 1 / 2017 |

Apagamos as luces, gardamos a árbore, o espumillón as caixas do trasteiro e... agora? A esperar as vacacións de Entroido? A preparar a Semana Santa? Propóñoche algo diferente. Propóñoche que te olvides de eses esquemas mentais que cubriron a un luns calquera de xaneiro con unha mala fama que non se gañou. Cantas cousas marabillosas da túa vida che pasaron en un mércores de inverno? Ou en un xoves de outono? Por que se supón que temos que ser felices en vacacións ou en fin de semana e por que esperamos tan pouco da nosa rutina? Rebélome. Son do revés.

Se han apagado las luces, el espumillón ya está guardado (o al menos en fase de retirada, lo sé, he visto oficinas con adornos navideños en pleno mes de agosto), los adornos en sus cajas, a buen recaudo en el trastero. Los juguetes que han traído los Reyes puede que ya hayan perdido un par de piezas y quizás este post te pille en plenas rebajas o cambiando ese regalo que no te sirve o que no necesitas absolutamente para nada. Y tú te has quedado con esa sensación de vacío absoluto, de casi casi vértigo inevitable sin percatarte de lo que arranca ahora en realidad es esa bendita rutina.

De vuelta a casa, domingo por la noche, luces festivas apagadas. El peque del revés pregunta por qué está ya todo así. Respondo, “¿tú lo sabes?” “¿Porque ya terminó la Navidad?”. Ya en casa inicio el ritual de retirada del abeto y el peque pregunta que dónde lo vamos a meter, “en el trastero, cariño”. “Ah, ¿pero allí es Navidad?”. Me sonrío de oreja a oreja con su pregunta inocente y me quedo pensando en lo que esconde esa genidalidad, en el mensaje que estamos transmitiendo, en cómo vivimos. En esa sensación que, inconscientemente, de forma absolutamente involuntaria, les hacemos llegar a diario. Ese sentimiento de que lo que realmente importa de la vida, la parte buena y divertida sólo se circunscribe a los festivos, las vacaciones, los fines de semana. ¿Es así como realmente queremos vivir? ¿Olvidándonos de vivir de verdad?

Jugando con la luz

Cualquier momento del día puede encerrar magia

Hacer fotos entre semana

Atesoramos cientos de fotos (antes en papel, ahora en memorias virtuales) de celebraciones, paseos por la playa, regalos que se abren, viajes preparados con mimo durante semanas, pero solemos olvidarnos con mucha más frecuencia de sacar la cámara en el día a día, incluso ahora que los smartphones nos han facilitado el trabajo. ¿Por qué? ¿Qué hace menos especial ese paseo por el parque un martes por la tarde o esa visita a un amigo un jueves cualquiera? ¿Por qué nos empeñamos en menospreciar lo que supone alrededor del 80% de nuestro tiempo de vida considerándolo de calidad inferior?

Lo sé, la rutina hace mella con facilidad. Tras esos dos o tres primeros e intensísimos años de nuestros peques se instauran unos hábitos que facilitan el día a día pero que, al mismo tiempo, lo emborronan todo, lo igualan y casi casi consiguen acabar con la magia diaria de forma inexorable. Es como si al apagar las luces de árbol fuésemos incapaces de ver la luz del día a día, de hecho, de repente, sentimos una pereza inmensa por todo. Nada nos apetece cuando terminamos las vacaciones. Seguro que has tenido esa sensación en más de una ocasión. Incluso viviendo a pie de mar o junto a la montaña, parece como si se te hubiera olvidado en menos de dos días cómo organizar una excursión al monte o una tarde de playa tras ser invadida por la demoledora rutina.

prismáticos del revés

Una actividad en familia puede ser una buena propuesta para una tarde feliz

¿De verdad estamos dispuestos a dejar pasar la vida sin darle una oportunidad? ¿Es ese el mensaje que quieres transmitir a tus peques? Esa cara de hastío, ese mal gesto al percatarse de que mañana “hay que volver al cole” sobra, siempre. No te digo que tengas la obligación de estallar de gozo por volver a ese trabajo que odias pero que te da de comer, o que de repente te vaya a entusiasmar lo de madrugar. No pido imposibles que los Reyes ya han pasado… Tan sólo te propongo que busques día a día motivos para ser feliz porque estoy más que segura de que los encontrarás.

Una actividad juntos, ese dibujo tan chulo que hoy ha hecho en el cole, el café de media mañana, el sol luciendo después de una semana de lluvia, una galleta de chocolate para merendar un martes… Porque, incluso en esos días en los que te cuesta encontrar esos motivos para sonreír, incluso en esas mañanas grises, siempre los hay y, en todo caso, puedes ayudar a fabricarlos porque, ¿quién ha dicho que no se pueda cenar pizza en mitad de la semana? ¿o verse una peli en una tarde cualquiera de lluvia? ¿o preparar una excursión a un monte cercano un viernes por la tarde?

Disfruta del sol

La playa también es para el invierno

Porque estoy segura de que tú también has tenido “días de mierda” en medio de las vacaciones. Seguro. Yo he vivido los peores días de mi vida en pleno verano, así, sin previo aviso, sin playas en las que tostarme ni montañas a las que escalar. Así que llámame loca, serán los años que pasan y siento que se me escapan entre los dedos, serán las ganas o el tener dos hijos del revés, pero lo cierto es que no estoy dispuesta a ver cómo pasa el 80% de mi vida mientras espero que lleguen esos momentos en los que se supone que tengo que ser feliz. Me niego. Yo quiero intentar ser feliz todos los días de mi vida y, sobre todo, que ellos lo sean, día a día, hora a hora, minuto a minuto, sin desaprovechar ni una sola risa o un llanto del que aprender, un socavón del que levantarnos ni un rayo de sol que nos caliente.

Porque el amor de tu vida puede llegar un martes de invierno, el trabajo de tus sueños te lo pueden ofrecer un miércoles de otoño, porque tu hijo puede echar a andar un jueves por la tarde de cualquier estación, así, sin más, como si no tuviese ni idea de que no estáis en vacaciones. Casi casi como si no le importase ser feliz un día cualquiera del año.

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