El autoengaño de la imperfecta perfección maternal

2 / 5 / 2019 |

¡Ale hop! Por el Día de la Madre te traigo mi propio y particular regalo. No te va a costar abrirlo porque es tan de verdad que se transparenta a través de un envoltorio inexistente. A mí me ha costado 22 arrugas, 2.000 canas y un salto al vacío en tirabuzón sin red de seguridad descubrirlo. Así que te lo regalo para que consigas el equilibrio antes de que acabes al borde de la mentira por el autoengaño de la perfección imperfecta de la maternidad.

La perfecta imperfección de la maternidad

Dos meses, más de dos arrolladores meses son los que llevo sin pasarme por aquí y todo este tiempo he necesitado y más que necesitaré, para darme cuenta de muchas cosas. Cosas que me repito una y otra vez en mi sobrehabitado cerebro como si de tanto pensarlas y vociferarlas para dentro pudiesen hacerse realidad: “¡Desconecta!, ¡Cúidate!, ¡Relativiza!, ¡Esto también pasará! ¡Vuelve al blog! ¡Vete a la sauna! ¡Pide ayuda!”

Esta última frase podría resumirlas a todas en su simplicidad arrolladora. PEDIR AYUDA. Eso que las madres hemos aprendido a no hacer desde nuestra más tierna infancia. Ha llegado el momento de desaprender, señoras, es cuestión de vida o muerte.

Somos expertas en cargar. Nos llenamos la mochila de amor y paciencia para soportarlo todo y en la misma bolsa, como si fuese un saco sin fondo metemos nuestra frustración, nuestro cansancio, nuestras lágrimas, las citas médicas, el apoyo a esa asociación, las horas de búsqueda de una solución que nunca parece llegar, los pañuelos llenos de mocos, los pañales cargados de caca, las lavadoras, los libros de nuevas pedagogías que nos hemos leído, las novelas que no hemos tenido tiempo de leer, el mal día en el trabajo…

Familia del revés

La perfectamente imperfecta familia del revés

Hasta que un mal día descubres que esa mochila tenía un fondo y que los has reventado hace meses. Entonces es cuando intentas remendarla, como bien puedes, aunque no hayas cogido una aguja en tu vida, al fin y al cabo, no tienes que ser Pertegaz para un mal zurcido… y te va la vida en ello.

Y coses, como puedes. Te clavas la aguja una y otra vez. Lloras y sigues adelante.

Hasta que, otro día todavía peor, te miras en el espejo y apenas te reconoces.

Ya no hay costureros de emergencia que valgan. Necesitas ayuda y ser capaz de pedirla ha pasado a ser mucho más importante que ningún fondo de armario. Este es el momento en el que tienes que decidir qué tipo de solución necesita tu mochila: el botiquín médico, una pandilla de amig@s, un poco de apoyo familiar, quizás unos oídos capaces de recoger y procesar todo lo que debes eliminar de tu destrozada mochila o simplemente una cuadrilla de demolición que la extermine.

Señoras, señores, por el Día de la Madre, yo me pido AYUDA. En realidad, me he adelantado un poco a la fecha (es que nunca he sido mucho de Días de) y ya me la he ido autoadministrando.

Porque… NO, la felicidad, seguridad, formación, el bocadillo perfecto para sus recreos, la revisión de sus tareas para casa, conseguir que lleven dos trenzas medianamente parecidas por una vez en su vida, encontrar su peluche favorito bajo las toneladas de residuos jugueteros acumuladas por un niño de 6 años que amenaza con un Diógenes lúdico-científico…  Olvídate, no es un peso con el que puedas. Al menos no siempre, no todo el tiempo.

Eso sin olvidar a mis queridas madres diversas. Siempre dispuestas a iniciar una nueva estrategia para mejorar la independencia de su hij@, a dar una nueva batalla ante la administración, a reclamar los derechos que se le niegan a su peque o a cambiar esas miradas de pena por las tan necesarias de comprensión y acercamiento.

Madres, trabajadoras, profesionales cualificadas, cariñosas inventoras de guerras de cosquillas, capaces de conseguir el regalo perfecto para su cumple y de organizar una fiesta de pijamas mientras contestas el último correo electrónico o actualizas las redes sociales y te apuntas a un curso online que harás alguna madrugada, cuando hayas recuperado 8 horas de sueño… Doble salto mortal con pirueta maternal. Queridos y queridas gestores del Circo del Sol, busquen a sus nuevos acróbatas entre las madres. Damos el perfil más que de sobra, lástima que no tengamos tiempo para ir al gimnasio a trabajar nuestros músculos y estemos siempre al borde de rompernos la crisma.

Así que, sin más, aquí lo tienes, mi regalo del Día de la Madre. De una madre a otra. Sin lacitos ni papeles rimbombantes, sin envoltorios inspirados en Pinterest. PIDE AYUDA. DELEGA. RESPIRA. PARA. BAILA. BAJA DEL TRAPECIO ANTES DE ESTRELLARTE.

Que no, que no pasa nada si su menú no sigue al milímetro los parámetros de un nutricionista oficial (a no ser que haya un problema  de salud, claro); que no pasa nada si se va a la cama diez minutos más tarde; ni pasa nada si eres tú la que se levanta un poco después y alguien te sustituye; NO PASA NADA casi nunca de todas esas veces que crees que eres imprescindible y corres de un lado a otro como.

Maternidad

Melenas al viento y disfruta el momento

Que sí, que sí, que te hablo a ti, que ni recuerdas en qué balda de la droguería estaban las cremas hidratantes; a ti que recuerdas el maquillaje como una peli de ciencia ficción y que has abandonado tus libros y tu gimnasio por los cuentos y las actividades de estimulación; a ti que llevas tres años buscando hueco en tu agenda para esa escapada con amigas.

En el tiempo que he tardado en escribir esto he tenido que parar para atender llamadas y mensajes de trabajo, he limpiado unas cinco toneladas de caca, he cenado algo mientras me levantaba dos millones de veces para que mis hijos volviesen a la cama y también me he dado una relajante ducha de cinco minutos. Con el agua bien caliente. Con música suave sonando y la luz del sol colándose en mi habitación a través de las cortinas.

Así que, ya sabes, permítete pedir ayuda y cuidarte porque ell@s lo necesitan tanto como tú.

Firmado: Una acróbata que se está bajando del trapecio, poco a poco. He dejado la imperfecta perfección por una perfecta imperfección en la que habito más felizmente.

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