Confieso que he parido

26 / 2 / 2019 |

Sí, confieso que he parido. Hace hoy exactamente 9 años traía al mundo a un ser humano por primera vez en mi vida. Conseguía, a mi manera, hacer del mundo un lugar mejor. Hoy, nueve años más tarde me cuento a mi misma, embarazada hasta las trancas, qué es lo que se me viene encima.

Confieso que he parido

Hace hoy nueve años, yo, tan embarazada como mis 40 semanas y 3 días de barriga podían resumir, veía una serie en la tele (la maravillosa The Wire para ser exact@s) acurrucada en el sofá con mi chico mientras notaba en mi cuerpo las primeras señales de alerta. ¡Ve preparándome la pista de aterrizaje, mami, porque esto ya no hay quien lo pare y yo quiero salir a descubrir mundo porque desde aquí dentro parece bonito!

Si pudiera hablar conmigo y explicarme hace nueve años todo lo que iba a suceder, todo lo que estos años han supuesto para mí, para mi mundo y el de los que me rodean, estoy segura de que no lo creería. Me imagino a mí misma como una especie de Marty McFly viajando en el tiempo dispuesta a revelar la verdad que salvará al mundo que conocemos y topándome de bruces con mi absoluta incredulidad.

Maternidad. Confieso que he parido

Una mini bebé del revés con apenas 4 meses

Y aún así, aquí me encuentro, en la noche en la que nació mi hija hace nueve años lanzándome a este ejercicio imposible de escribir para advertirte, para gritarte todo lo que deberías saber, todo lo que nadie te pudo contar, todo lo que cambiaría de lo que ha sucedido en estos nueve años. Porque sí, ¡por supuesto que cambiaría cosas de estos nueve años! No me creo realmente a nadie que ante un ejercicio retrospectivo se atreve a afirmar con total suficiencia algo como “no cambiaría nada de lo que he hecho, nada de lo vivido”. ¿Eso qué significa exactamente? ¿Qué crees que lo has hecho todo bien? Meeeeeeec, falso. ¿Qué crees que no podrías haber mejorado en nada la vida de los que te rodeaban? Doble meeeeec. ¿Que no hubieras evitado dolor a tod@s l@s que quieres en estos años?

Pues claro que cambiaría muchas cosas, querida. Por supuesto que no quisiera que mi hija tuviese una meningoencefalitis que le ocasionase daño cerebral. No creo que nadie en sus cabales pudiese decir que no haría todo lo que pudiese para al menos tratar de evitarlo.

Y es que estos nueve años han sido los mejores y los peores de mi vida. Tienes que saberlo, para prepararte para lo peor y disfrutar de lo bueno como si fuese a acabarse al segundo siguiente, porque lo hará. A traición, sin que te percates a veces. Se escabullirá para darte además unas hostias tan grandes que creerás que te vas a romper por dentro una y mil veces. Y lo harás. Te romperás. Te dolerá. Mucho y muy hondo. Pero sobrevivirás y lo harás felizmente.

Conifeso que he parido

Porque cuando te quedaste embarazada, un embarazo buscado durante muchos meses y absolutamente deseado ya te habían dicho que la maternidad no era un lecho de rosas, que te preparases para las noches en vela, para los dolores musculares en zonas de tu cuerpo que ni sospechabas tener, que te olvidases del sexo y del deseo sexual durante una buena temporada, que la lactancia materna podía ser complicada… La verdad es que a tí sí te han contado muchas de esas cosas, pero aún así, te las comerás con patatas todas y cada una de ellas.

Los tres primeros meses sin apenas dormir. Te preguntarás qué le puede pasar a esa hermosa criaturita que le duela tanto y por qué tú, su madre, el ser que la ha traído al mundo, que la quiere como a nada en este universo y que daría la vida por ella, no es capaz de conseguir que se calme ni siquiera 5 minutos seguidos para crear la famosa conexión madre-hija de la que todo el mundo te había hablado. ¿Cómo puedas conectar nada si no eres capaz ni de conectar tu cerebro?

Esos meses en los que pensarás que quizás te has equivocado, que lo de tener hijos era para otros con menos ganas de dormir, o de comer, o de ducharse, o de cometer la osadía de cagar tranquilamente en un baño 2 minutos.

Tu casa ya no volverá a ser lo que era. En los próximos años perderás más collares, juguetes, calcetines, chupetes y libros de los que creían que podrían existir en el mundo.

Confieso que he parido

Con la peque del revés cuando ya tenía un añito

Todo empezará con un peluche precioso de un gatito, Ronronós. A partir de ahí, no habrá vuelta atrás. Hasta tus tacones y tus pendientes largos se irán a vivir con Ronronós.

Sí, tú también acabarás haciendo y diciendo todo lo que creíste que nunca harías o dirías. Entrando en foros de internet para saber si es “normal” que tenga mocos o bailando la Macarena para ver si se tranquiliza cuando tu cerebro ya no da señales de seguir vivir.

Y aún así te aseguro que has tomado la decisión acertada. No lo dudes ni un segundo.

Lo meses de insomnio absoluto y llantos inconsolables pasarán. La tempestad se disipa y en los dos meses siguientes sólo te podría recordar a diario que disfrutes, que apretujes a tu niña contra tu pecho, que la abraces y le arranques las sonrisas que regala sin necesidad de hacerle apenas ni una cosquilla.

En ese luminoso verano habrá unos días, quizás unas semanas, en las que, aún con 5 horas de sueño escasas, serás tan consciente de ser uno de los seres más afortunados del mundo, que casi casi te duela. Cierra los ojos muy fuerte justo cuando lo sientas y haz una foto mental de ese momento. La necesitarás.

Luego llegará la guerra.

Lo primero que te tengo que decir es que no te culpes ni un segundo por nada de lo que va a pasar en los próximos meses. Lo siguiente es que cuando tu hija se ponga enferma, cuando la fiebre se le dispare sin razón, vayas al médico, al hospital, al presidente del gobierno o a quien sea hasta que alguien se percate de que algo está pasando ahí. De todos modos, ya te advierto que será difícil porque creerán que eres una madre histérica hasta que la niña empiece a convulsionar, pero tienes que intentarlo. Debes hacerlo con más de fuerza de la que yo lo hice porque no tenía ni idea de lo que estaba pasando. Es importante que me hagas caso.

Confieso que he parido

En nuestro primer viaje a Italia en familia

Si no lo consigues y acabáis en el hospital, hay otra cosa que te debo decir. Algo que te recomendarán médicos y psiquiatras y que es una cuestión de supervivencia pura y dura: descansa lo que puedas porque esto no es un sprint, sino una carrera de larga distancia. Pero, eso sí, si te ves con fuerzas, pasa alguna noche más en el hospital porque ella lo notará, pero si no eres capaz, no te autocastigues durante años. La culpa es muy mala consejera y peor compañera de viaje.

Intenta seguir sacándote leche hasta que aguantes. Ella conseguirá volver a tomarla, te lo prometo, aunque quizás la lactancia materna ya habrá perdido para ti todo aquel mágico sentido que te habían contado que tenía. Y quizás sea demasiado cuesta arriba tratar de reestablecerla cuando hay tantos frentes abiertos. Tampoco te culpes por ello.

Recuerda siempre que cada día que te has levantado desde aquel 26 de febrero el mundo es un lugar mejor porque ella está en él y mira con perspectiva todo lo que sucede cada año sin olvidar celebrar todos los avances. Te parecerá una tontería, pero no lo es. Al principio es sencillo. Una niña con una lesión cerebral tras una meningoencefalitis aguda y empieza a gatear con unos 15 meses, a caminar con 19 meses, con apenas 13 meses balbucea sonidos y protopalabras, recupera la movilidad en el brazo derecho. Cada paso dado se marcará a fuego en tu memoria, pero después, al pasar los años, querida, las cosas cambian, los avances se diluyen y acaban engullidos por la apisonadora omnipotente que es la puñetera rutina.

Confieso que he parido

Sigue dándole la mano hasta que lo necesite

¡NO lo permitas! Tu hija es un ser humano increíble y una de tus misiones en este mundo es conseguir que toda la humanidad sea capaz de verlo. Y para eso tú misma no debes olvidarlo nunca.

Y esta es la frase con la que quiero que te quedes. Lo que debes recordar cada día de tu vida después de dudar una y mil veces: LO ESTÁS HACIENDO COJONUDAMENTE BIEN.

Plantéatelo todo, sé tan puntillosa como tu cuerpo te lo pida, sal de copas con tus amigas, vete a un spa, salta en los charcos, llora hasta que las lágrimas te hagan más fuerte, baila hasta que te duelan los pies, no bajes nunca el sonido de la música, bésales a diario un millón de veces, permíteles equivocarse más, permítete equivocarte más, vuelve a irte a un spa (pero esta vez uno de lujo, que te lo mereces, leñe), abrázales hasta que os parezca que os duela, déjales que se caigan sin intentar detener su caída, permítete llorar cuando te ven, recuerda que las lágrimas curan y da nueva energía-

Y ahora, sí, ahora, cuando ya han pasado los primeros años, esos cruciales y tan intensos que al principio jurarías que un año ha durado como 20 y que has tenido hij@s desde que has nacido… ¿Ahora qué? Pues ahora, querida, tendremos que reinventarnos de nuevo, sin olvidarnos nunca de que tú vales mucho, de que tienes todo el derecho del mundo a leer, darte un baño de espuma o quedar con tus amigas.

En varias ocasiones a lo largo de estos últimos años, algunas de mis mejores amigas me han dicho que todo lo que he vivido en estos 9 años ha supuesto un cambio tan dramático como transformador. Como si el terremoto que ha pasado por nuestras vidas hubiese abierto una serie de fallas de las que han surgido las más hermosas flores y yo, em medio de la hecatombe, he sido capaz de pararme a disfrutar de su aroma y su color. Sólo espero que nunca más se me escapen las flores que brotan en medio de la tragedia. No puede haber nada tan hermoso, tan liberador ni con mayor poder transformador.

No hay nada tan jodidamente transformador ni revolucionario como la maternidad. Ahora lo sé. Ahora lo sabes.

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